al fondo a la derecha
Entró en el bar muy agitado. Su novia ya lo esperaba.
-Perdona, chica –le dijo, al pasar a su lado-. Pero me muero de ganas –señaló con la mirada hacia al fondo a la derecha.
Ya en el servicio, empezó toser disimuladamente a medida que se la meneaba por si alguien podía estar escuchando el sonido del vaivén; en realidad imperceptible salvo cuando el canto de su mano golpeaba contra la cremallera del pantalón. Un minuto más tarde estaba frente a ella, más relajado, y proyectando aún gotitas de agua al extender con brusquedad sus dedos hacia el suelo.
-¿Y ahora qué hacemos? –le dijo él-. ¿Vamos al cine?
al fondo a la derecha, el montaje del director
Álvaro miró al reloj pero aún marcaba la temperatura. Él no usaba ese artilugio. Hacía mucho calor y el autobús no llegaba. Aparte de él, en la parada, sólo había una chica con minifalda que se había sentado en el otro extremo, quizá como medida de precaución, aunque la distancia entre ellos era solamente de un par de metros.
«¿Eres Nicole; Nicole? ¿La auténtica, la genuina e inconfundible? ¿La peregrina de labios rojos y cascada de pelo rizada? ¿La que se citaba con vagabundos en los bares de la calle Atocha? ¿Eres tú, Nicole, o solamente eres un espejismo? ¿Una sombra de hace años? ¿Un algo difuminado, o un aquí tangible? ¿Habrá alguna respuesta, algún suave rozar de venas con arterias como escribía aquel poeta ya sin glóbulos blancos, o permanecerá la pregunta sin respuesta, como casi todas las preguntas que se lanzan sin esperanza? El tiempo inverso responderá de uno u otro modo».
Había conocido a Nicole haciendo el Camino de Santiago. Era actriz, norteamericana, y se apellidaba Kastrinos. «De origen griego –había pensado él-, a pesar de que es rubia y de ojos azules. Seguro que se pronuncia “Kastrinós”, aunque ella diga Kastrinos» ¡Qué sabrá ella!.
Y desde ese día la convirtió en su musa.
La temperatura se fue; aunque el calor sofocante seguía siendo el mismo, y por fin pudo ver que eran las dos y cuarto.
«Soy García Lema –se dijo-. El pintor, actor y poeta, y esa estúpida no tendría por qué tenerme miedo. Sentarse ahí, juntado sus rodillas, como si en mi cabeza sólo me rondara la idea de separárselas. ¿Acaso no se nota que estoy por encima de todo eso? ¿Cómo puede ser tan gilipollas la tía esta?».
El hecho es que no conseguía apartar su mirada de las piernas de la chica. Dirigía una y otra vez fugaces vistazos hacia un punto inconcreto situado por encima de la línea del horizonte de su pelo, entornando sus ojos ligeramente hacia abajo.
«¡Dios cómo está la capulla!»
Era, además, de su edad adecuada. Álvaro tenía treinta y ocho y la chica no más de diecisiete. Justo la diferencia de años que consideraba como razonable y poética para follar.
Imaginó mil formas de iniciar una conversación con ella, sin levantar sospechas, pero ninguna le convencía. Todas resultaban sospechosas. Pensó que era muy triste que un hombre que rondara los cuarenta años no pudiera entablar, libremente, una charla inocente con una lolita en la sociedad en la que vivían, sin que la propia lolita y todos los hipotéticos testigos que presenciaran el inocente acercamiento no se imaginaran enseguida una oculta intencionalidad erótica.
Y continuó entristeciéndose, y pensando en ella, mientras imaginaba diferentes posturas para metérsela.
«Parece que tarda mucho el autobús», no lo consideraba una frase adecuada para un poeta. Era una ordinariez y lo que se podía esperar que dijera un empleado de banca o un imberbe estúpido, entregado al markentig de alguna empresa, trajeado con una corbata azul aunque estuvieran a cuarenta y dos grados; sudando la gota gorda, con el nudo de la corbata hecho probablemente por su madre y temiendo siempre que se le deshiciera porque no sabría repetirlo ni aun con un espejo, y agarrando un ridículo maletín negro, comprado con seguridad en alguna Gran Superficie por su abuelita para que fuera elegante a su primer día, repleto de folletos inútiles, formularios de venta y los bolis que le había pillado apresuradamente a su hermanita pequeña al constatar que eso era lo que había olvidado comprar para completar su patético equipo de moderno yupipollas.
«¡Será idiota y ridículo el tío este de las narices!» Y miró hacia ambos lados, buscando la presencia de un tipejo de esas características. Pero no había ninguno. Sólo estaba la chica. Las piernas de la chica y el trocito de tela que las protegían, para ser más exactos, porque él no veía nada más que aquellos muslos divinos y el resto no le importaba. Ni siquiera ya el calor.
Sintió, de golpe, que comenzaba a empalmarse, y eso sí que no; eso sí que no era propio de un poeta, actor y pintor. Mostrar ese bulto de debilidad, auque su simbología fuera la contraria.
Ni de coña.
Decidió alejarse caminando hacia la esquina, en dirección opuesta a la parada, para que la cosa se fuera calmando paso a paso, aunque también consideró la posibilidad de hacer todo lo contrario, de actuar con total descaro y volverse abiertamente hacia el lado en el que se sentaba ella, mirando hacia la lejanía de las calles asfaltadas, con sus brazos en jarras y la columna vertebral algo arqueada en plan torero, para que esa golfilla pudiera comprobar con sus propios ojos que casi a los cuarenta la “cosa” aún funcionaba.
«¡Qué se habrá creído esta pa-ya-sa! Seguro que está pensando que no tengo nada que hacer al lado de su compañero de pupitre, el bobo ese que le mete mano cuando no los mira la profesora. Menudo par de gilipollas están hechos; ella y él. Porque él seguro que también piensa lo mismo de mí».
Llegó por fin el autobús, justo cuando él pisaba de nuevo la parada tras el paseo. Como no podía ser menos, la dejó pasar a ella delante, indicándoselo con un gesto de sus cejas, y esa fue la única vez que se miraron. La niña sonrió, dándole las gracias de esa forma, y subió las escalerillas ajustándose la falda y pegándole tirones todo el tiempo hacia abajo.
De reojo, mientras ella le pagaba al conductor, consiguió distinguir la raya de su culo hasta casi donde aparecía el taparrabos de su tanga.
«¿Para qué coño se pondrán esas faldas si luego se pasan el puto día tirando de ellas para vencer la tela?»
La lolita, como era de esperar, se fue hacia el fondo del autobús, casi vacío, y se sentó a la derecha, en la esquina, con su cabeza pegada a la luneta trasera.
«¿Se sentará sobre la falda, o apoyará directamente las nalgas sobre el asiento de plástico? No creo. No. Es imposible. Se le podría quedar pegado el culo con este calor que está haciendo»
Álvaro García de Lema, el poeta, se quedó de pié, en la mitad más o menos, agarrándose a una barra con una sola mano y manteniéndose alejado de ésta a la distancia que cubría la longitud de su brazo. A cada vaivén del autobús sobre los baches, daba pequeños saltitos maricones sobre las puntas de sus pies y, en las curvas que tomaba, se dejaba llevar en la misma dirección que iba siguiendo el vehículo, cambiando algunas veces la mano derecha por la izquierda en su punto de sujeción, con un gesto que pretendía ser enérgico para que aquella putita pudiera ver que se mantenía en forma y que lo mismo estaba allí sujeto a un autobús como podría estarlo a la barra de un Caribú en vuelo antes de saltar en paracaídas.
«Sigue con la cabeza agachada, haciendo que lee, o lo que sea, pero me mira de reojo. Seguro. Si conoceré yo a esta tía»
Y continuó con sus cabriolas. Sudando. Y sudando más, aún, cuando pensó que a lo mejor la cría miraba hacia abajo todo el tiempo porque se estaba cambiando el tanga allí mismo.
«Menudo putón estás hecha tú, niña, cambiándotelo aquí, delante de todo el mundo».
En la siguiente parada ni subió ni bajó nadie, y fue en la segunda cuando entró el baboso ese de su compañero de clase, justo cuando él estaba a punto de ir a sentarse a su lado.
«Siempre tocando los huevos el niñato este de mierda. ¿Sabéis qué os digo? Que os den por culo a los dos. A ti y a ella».
El chico era su hermano pero Álvaro no podía conocer ese detalle. Su imaginación no llegaba a tanto.
Llegó inevitablemente a su parada y se bajó muy cabreado del puto autobús, sin poder evitar una última demostración que casi le cuesta el maleolo. Ni la lolita, ni su hermano, se dieron cuenta del salto.
Cruzó la calle.
Entró en el bar y al instante vio sentada a su novia de toda la vida, que removía una taza de café medio vacía y lo esperaba desde hacía un buen rato.
-Perdona, chica –le dijo al pasar a su lado-. Pero me muero de ganas –señaló con la mirada hacia al fondo a la derecha-. Y siguió de largo.
Ya en el servicio, empezó toser disimuladamente a medida que se la meneaba por si alguien podía estar escuchando el sonido del vaivén; en realidad imperceptible salvo cuando el canto de su mano golpeaba contra la cremallera del pantalón. Un minuto más tarde estaba frente a ella, más relajado, y proyectando aún gotitas de agua al extender con brusquedad sus dedos hacia el suelo.
Antes de pronunciar palabra alguna le hizo un gesto al camarero, levantando el índice, llevando luego sus dedos unidos hacia su boca, y señalando, finalmente, hacia el conjunto de mesas que estaban cubiertas con mantel blanco de papel y preparadas para los clientes que iban a comer.
-¿Qué? ¿Comemos ya y vamos luego al cine? –le preguntó a Amalita
-Si, yo también tengo hambre.
Se levantaron para cambiar de mesa y al cruzar al lado del camarero, que se hizo a un lado apoyándose de espaldas sobre la barra para dejarlos pasar, Amalita extendió su mano derecha hacia él y le rozó con los nudillos el bulto de su entrepierna.
Al camarero también se le veía bastante relajado, a pesar de la hora, y Álvaro la había hecho esperar demasiado tiempo.
al fondo a la derecha, el montaje original
Entró en el bar y al instante vio allí sentado a Juan, que sujetaba un botellín medio vacío y lo esperaba desde hacía ya un buen rato para sentar allí mismo las bases del futuro negocio que habían ideado y que iba a ser la hostia. Los dos eran artistas, cubrían casi todas las ramas del arte, y acumulaban una gran experiencia como fracasados en cada una de esas ramas.
A Juan se le había ocurrido de golpe la idea del negocio, y Álvaro, que lo escuchaba atentamente, le comentó enseguida que precisamente él también estaba pensando en ello en ese instante; así que por cojones la idea tuvo que ser propiedad de los dos porque ambos la habían parido, teóricamente, al mismo tiempo.
Consistía en alquilar un apartamento de estilo americano, instalar un par de cámaras Web y contratar a dos chicas para que se masturbaran previo pago de los cibernautas. La parte artístico-cultural quedaba a salvo porque también pensaban escribir comienzos de novelas para ofrecérselas, ya a medio cocinar, a escritores consagrados. Incluso, acumulaban cientos en stock y durante un tiempo podrían relajarse limitándose a contemplar la faena de las tías sin escribir ni una sola línea. Tan sólo tenían que esperar a que los escritores más famosos las fueran aceptando poco a poco; y sin ninguna prisa, eligiendo los comienzos que mejor se adaptaran a sus estilos respectivos.
-Perdona, chico –le dijo al pasar a su lado-. Pero me muero de ganas –señaló con la mirada hacia al fondo a la derecha-. Y siguió de largo.
Ya en el servicio, empezó toser disimuladamente a medida que se la meneaba por si alguien podía estar escuchando el sonido del vaivén; en realidad imperceptible salvo cuando el canto de su mano golpeaba contra la cremallera del pantalón. Un minuto más tarde estaba frente a él, más relajado, y proyectando aún gotitas de agua al extender con brusquedad sus dedos hacia el suelo.
-No veas lo que me pasó. Casi te llamo y no vengo.
-¿Qué? ¿Qué fue?
-Nada. Una tía que iba en el autobús. ¡Joé como estaba! De dieciocho años y con unas piernas que te cagas. Una mini que era un cinturón ancho, no una falda. Se sentó a mi lado… bueno… yo ya lo imaginaba porque antes estaba sola conmigo en la parada y no me quitaba ojo.
-¿Y qué pasó? Cuenta, coño.
-Casi me la follo allí mismo. Primero se cambió el tanga delante de mis narices y, claro, ya vi yo de qué iba y la agarré por la cintura y no veas. Pero ya sabes. Lo primero es lo primero y tenemos que dejar esto hoy sin falta organizado. Hay que ser serios porque el tema este va a ser la leche.
-Joer, macho, no se cómo puedes aguantar. Yo me hubiera quedado, la verdad. ¿No te dio el teléfono ni nada? A lo mejor nos servía para lo de las webcam.
-¡Na!. Yo paso de esos rollos. Además hay que ser serios y pillar a tías profesionales que sepan donde se meten el dedo. ¿Nos cambiamos de mesa?.
Le hizo un gesto al camarero levantando el índice, llevando luego sus dedos unidos hacia su boca, y señalando, finalmente, hacia el conjunto de mesas que estaban cubiertas con mantel blanco.
-Si, yo también tengo hambre ya.
Se levantaron para cambiar de mesa y al cruzar al lado del camarero, que se hizo a un lado apoyándose de espaldas sobre la barra para dejarlos pasar, a ninguno de los dos se le ocurrió rozarle la polla con los dedos.
Dedicado a Gonzalo, jajaja.
Escrito por Micer Arnaldo 






