Cuando los muertos son los demás

Junio 1, 2007

Me imagino que matar a alguien face to face, con sangre de por medio que te salpique la piel y la vestimenta, debe ser una experiencia que se vive de diferente manera según sea la personalidad del ejecutor. :(

Matar a media distancia, de un tiro por ejemplo, pudiendo ver como se desploma la víctima -que siempre lo es aunque se trate de un hijo de puta- tiene que ser una experiencia más cercana a la irrealidad… o a la distorsión de lo que realmente está sucediendo frente a tus ojos.

A partir de esa distancia que permite observar las consecuencias en carne viva, los mecanismos de defensa cerebrales se disparan y el ejecutor ni siquiera tiene conciencia de estar ejecutando nada. Lanzar una bomba es como matar en un vídeo juego, para explicarlo mejor.

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Las vícimas son las mismas, o más víctimas, o más “limpias”, dentro de lo que es la escenificación de los hechos cuando el ejecutor los recrea; algo que, inevitablemente, siempre sucede haya estado motivado por una sociopatía o por una obligación, bien sea adquirida o impuesta.

Seguir en ese juego de víctimas y de verdugos o tomar la decisión de abandonarlo, no es una cuestión de conciencia porque la conciencia no existe, al menos en el sentido espiritual que siempre se le pretende dar. Es una decisión consciente que puede estar motivada por tantos factores, con tantas variantes, que no existe papel suficiente, ni poeta, que pueda reflejar todas y con total profundidad las causas. :( :(

Las víctimas a distancia se convierten, con el tiempo, en algo tan irreal para el ejecutor, que incluso dejan de tener consistencia física y en los momentos en los que éste decide torturarse a sí mismo porque se supone que eso es lo que tiene que hacer, o que sentir, para expiar su culpa, muchas veces se sorprende entristenciéndose por un pajarito sobre una rama al que le disparó un balinazo cuando tenía siete años y, sin embargo, ninguno de esos rostros humanos a los que no vio lanzar su última mirada de espanto por una mera cuestión de lejanía, se materializan en su centro de dolor, quizá porque a ninguno de ellos les interesa volver a mantener ni siquiera un contacto “psíquico” con el responsable de su no caminar ya entre los que continúan respirando.

Simple cuestión de alejarse o dar la espalda a lo que nos hace sufrir.


Sango Ya Mawa – Patience Dabany

Junio 1, 2007

Esta es la historia de un disco. Lo escuchaba en Radio 3 los domingos por la noche, como sintonía de uno de sus programas. Alguien me lo grabó y durante cuatro años largos me hizo compañía en una ermita en la que viví solo, sin electricidad ni otros medios (el “radiocassette” tenía pilas, lógicamente) por motivos estrictamente personales. :-)

 

No conocía ni el título ni el nombre de la intérprete, tan sólo la letra.

También, por motivos personales, un buen día dejé la ermita y allí se quedó la grabación. Un par de años después, en Donosti, la escuché en el intermedio de una actuación en un local de Jazz y la amiga que estaba conmigo le preguntó al camarero ”quién cantaba aquello” -yo no podía ni levantarme- y averigüé por fin cómo se llamaba la cantante y cuál era el título de la canción. La busqué en la Red por todas partes y lo único que conseguí averiguar fue el nombre de la casa de discos, que no la tenían a la venta online y tampoco estaba en esa disposición en Amazón ni en ningún otro sitio de los que se dedican a esas ventas

Akemi Kamoshita, otra amiga, aunque esta japonesa, localizó por fin el disco en Tokio, lo compró inmediatamente, y me lo envió como regalo. Desde entonces vuelve a vivir conmigo y es ese que se escucha ahí.