El Barrendero (Mario Moreno, Cantinflas)

Junio 13, 2007


Carta a Rocío, expuesta en público sin reparo alguno

Junio 13, 2007

Hola de nuevo, Rocío!

Roque me envió el enlace de las fotos que se hicieron en mi ex-casa. Es este: PINCHA AQUÍ para verlas, aunque también salen más lugares, entre ellos la casa del escultor Salaguti que era uno de mis vecinos.

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Casa de Salguti, rodeada de colmenas de abejas y similares.

Me produce una cierta sensación de inquietud molesta el contemplar, desde aquí, desde el lugar donde vivo, el sitio en el que viví durante casi cinco años de mi vida; posiblemente sino los más felices, al menos sí los más tranquilos y en los que más a gusto estuve conmigo mismo.

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Y mi ex-casa, rodeada tan sólo de “similares y más similares”

La felicidad, como tú sabes, es un concepto abstracto y momentaneo. Pero allí fui feliz. Allí encontré mi “cárcel”, la prisión en la que me recluí; a poco más que a pan y agua, para castigarme a mí mismo por mis múltiples “maldades” del pasado, en vista de que ninguna institución oficial quería hacerse cargo de mi castigo dado que mis “mil maldades”, aunque muy “malas y dañinas”, siempre estuvieron revestidas con un hábito de legalidad y conforme a las leyes hipócritas que establecen algunos para que los borregos pensemos que estamos conviviendo.

Ahora está ocupada por otra gente. Estuvo ocupada en el pasado por otra gente diferente. Y estará en el futuro, hasta que se caiga piedra a piedra, ocupada por personas que aún ni saben que existe ese lugar, porque lo que yo cree allí, partiendo de un estercolero vacío y lleno de mierda, fue algo que transcendió a mi obra y que adquirió vida propia, como tantas y tantas veces ha sucedido a lo largo de la historia. :)

Siempre es así, siempre transcienden tus obras sobre tu supervivencia física… o sobre el tiempo que permanezcas en contacto con ellas. :)

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Aunque no existe la “influencia de los astros”, ni existen las energías que no se pueden mensurar y de las que tanta y tanta gente habla, sí existe una especie de juego que todavía no hemos logrado entender y que es el responsable de que, algunas veces, los acontecimientos se concatenen unos con otros para que se cumpla el refrán, o refranes, que afirman que las cosas jamás suceden porque sí o que las alegrías o las desgracias nunca vienen solas. Pienso a veces que, para suplir la expresión “gracias a dios” que tan mal queda en boca de las personas que no creemos en supersticiones prehistóricas, habría que definir una entidad inexistente, El Manitú por ejemplo, que viniera a representar todo aquello que sucede y que todavía no hemos conseguido destripar en lo que es su funcionamiento. (Si se te ocurre alguna idea, dímela) :)

Pero a lo que iba, que es largo de cojones.

El último año que estuve en mi ex-refugio, durante el verano, pasaron haciendo el Camino de Santiago dos chicas francesas acompañadas por un burro que venían a pie desde Le Puy en Velay dando conciertos de flauta, arpa y canto medieval, en la iglesia de cada lugar en el que se detenían a descansar y pasar la noche. Una de ellas, Marie Virginie Cambriels, profesora de música hoy en día (ambas son profesoras de música hoy en día) era, teóricamente, una de mis buenas amigas, y había ido muchas veces a visitarme, tanto en verano como en invierno, para aliviar mi soledad, aunque no de la forma que ciertas gentes se imaginaban, porque nuestra relación nunca pasó de las sonrisas. :)

La cosa es que Marianne Gubrí, la arpista que la acompañaba y que tenía por aquel entonces 19 años, se enamoró de mí, sabe Manitú porqué extraño misterio, y también, por causa del mismo misterio y en contra de lo que solía ser habitual y frecuente en mí, caí en las mismas sensaciones que la recorrían a ella y me metí de lleno a vivir, una vez más, una de esas historias que siempre tienen el mismo final pero que son lo más maravilloso que existe mientras perviven. O sea, que nos liamos, hablando en plata, y nuestro lío duró lo que tardó ella en llegar a Santiago (un mes y medio más o menos) porque cada dos o tres días, usando los más diversos vehículos (coches, trenes, autobuses, etc) me reunía con ella allí donde averiguaba que se habían detenido.

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Esta es Marianne en la actualidad; también he conseguido fotos.

La última vez que la ví, habíamos pasado la noche juntos en el Parador Nacional de Portomarín y aquella fue también la última vez que me dijo una mujer que mi capacidad de hacer el amor no era normal, a pesar de mi “gran insistencia” en manifestarle lo contrario (pura hipocresía) quitándole importancia a ese asunto del folleteo aunque, en el fondo, halagaba enormemente mi parte animal cuando se lo escuchaba decir así, con aquel acento francés y casi en un susurro en la penumbra y entre las sábanas. Simplemente fue una historia que salió muy bien, demasiado bien diría yo para la edad que ya “yo tenía”, y aunque ella tenía bastante experiencia a pesar de sus pocos años, ésta no era “tanta tanta” como para que pudiera juzgar mi “ars amandi” desde un número elevado de referencias válidas. Lo cual le vino genial a mi ego, sirva el pareado catalanizado, que ya murió allí, después de vivir esa historia, porque me abstuve mucho de aclararle, por pura vanidad, que aquello que había vivido conmigo era algo excepcional, nada habitual en lo que había sido mi pasado amoroso, y quizá el último aliento de mi sosa capacidad amatoria antes de perecer de forma casi definitiva porque, si bien todavía vive, “físicamente” hablando, psiquicamente (que es lo que más importa) hace tiempo que ya pasó a mejor vida.

El tema es que ya por la mañana, en un bar de Portomarín, “haciendo tiempo” hasta que llegara mi momento de regresar a Burgos de nuevo, hablamos con mucha claridad sobre ese mes de total desenfreno que habíamos vivido y ambos llegamos a la conclusión de que no había que dejarlo ahí, que aún nos quedaban etapas que cubrir y, por supuesto, Marianne sabía que yo no me había metido en una historia con ella ni por su cabellera rubia hasta el culo, ni por sus 19 años teniendo yo 42, ni por necesidad sexual ni nada parecido, aunque quizá sí por el lugar al que me transportaba cuando tocaba el arpa para mí cuando nos quedábamos a solas, entrelazados, y aislados del resto del Universo.

Marianne me pilló en una época de transición en mi vida, en la que, de algún modo, ya había decidido abandonar mi encierro; aunque todavía no me lo había dicho a mí mismo ante el espejo, y decidí, por lo tanto, acelerar aquel proceso y marcharme, unos meses después, a Francia, a vivir con ella en Tours y volver, de esa forma, al mundanal ruído. :)

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Lo que siguió fue una historia de terror y de las muy malas. Por esas estupideces del destino, por no pedir un bolígrafo en un bar, y dado que Virginie -su compañera y mi “teórica amiga”- estaba en contacto permanente con ella y conocía su dirección, su teléfono y todos esos datos que cualquiera puede necesitar para localizar a alguien, no le dimos más importancia al hecho de la despedida, dado que iba a haber en breve un futuro reencuentro, y nos despedimos besándonos mucho y diciéndole yo a ella que “ya le pido todo a Marie Virginie y en cuanto pueda ya te llamo por teléfono y organizamos mi partida, etc, etc”.

Y así lo hice, idiota de mí.

Lo que recibí de Virginie fue una carta de cuatro folios diciéndome que me odiaba a muerte, que era un cerdo y un asqueroso por haberme liado con una chica a la que le llevaba 23 años, que a ella nunca le había prestado ni la + mínima atención (lo cual era un contrasentido porque Virginie tenía sólo dos más, o sea, 21) y que no sólo no me iba a dar el teléfono y dirección de Marianne, sino que, textualmente, “se alegraba muchísimo de que la perdiera de vista para siempre porque así ella iba a pensar de mí que le había tomado el pelo y que me había portado como un hijo de puta mintiéndole y engañándola”. Marianne había cometido el “error” de contarle nuestros proyectos, lógicamente, cuando siguieron caminando juntas para recorrer la distancia desde Portomarín a Santiago, y me imagino que Marie Virginie disimuló con la mejor de sus sonrisas (pidiéndole los “detalles” morbosos) y teniendo ya en mente el siniestro plan epistolar que iba a llevar a cabo. :( :(

Y no supe nunca “más”, nada “más” de ella, aunque sé seguro que la parte hipotética del plan de Marie Virginie, es decir, la parte en la que consideraba que Marianne iba a decidir que yo era un cabrón que la había utilizado como  si fuera un trapo, no se cumplió porque ella llegó a conocerme lo bastante como para saber que esa no era mi forma de ser.

Pero claro. Hace años que vivo con la sensación de que pudo ser así; hace años que le doy vueltas a ese asunto, desde la incertidumbre, y hace años también que sin más referencias que su nombre y apellido, intento localizarla para explicarle todo esto. Hasta el día de hoy, sólo había conseguido averiguar que se marchó a vivir a Italia, a Bologna, y había visto algunas referencias de conciertos que dio por Europa pero siempre a toro pasado, es decir, conciertos que ya habían concluido y no conciertos a los que pudiera acudir averiguando las fechas con el tiempo suficiente. Hace unas horas, y gracias al viaje de mis amigos a mi ex-casa, averigüé su email, su teléfono, y su dirección. Ya le he escrito preguntándole tan solo si esa es su dirección personal y no la de su agencia (y sé que es la personal :) ) y sin decirle quién soy.

Voy a publicar esta carta que te envío en el blog, ahora que lo pienso, porque es muy probable que ella, Marianne, esta mañana cuando se despierte y vea ese correo misterioso, tenga la curiosidad de mirar qué es lo que hay bajo el dominio de ijontichy (que es donde está mi email como sabes) y así se va a ”topar de flash” con la historia ya contada.

Las explicaciones “personales” ya se las daré luego. Si ella quiere.

Psdt.- El odio de Marie Virginie hacia Marianne llegó a ser tan intenso que en todas las entrevistas que le hicieron sobre su “aventura” en el Camino, siempre hablaba de la misma en singular y olvidaba mencionar la existencia de la “arpista”. Escribió un libro sobre todo ello, que fue bastante conocido en Francia, y ahí sí la menciona porque no le quedó más remedio… pero no te creas que le hizo mucha gracia tener que hacerlo. A mí, por supuesto, me tiene que aborrecer hasta extremos inconcebibles cuando lo único que le hice fue no “hacerle nada” salvo darle de comer y dejarle compartir mi vivienda. Quizá sea por eso. :(